Cada dato tenía una vigencia de seis horas, de modo que lo que nadie confirmaba se apagaba solo. La línea de tiempo de arriba reproduce esa actividad hora a hora entre el 11 y el 16 de agosto, los seis días en los que ocurrió el 98 por ciento de todo lo que pasó en el mapa.
El alta de un punto pedía el nombre del lugar, lo que se necesitaba y el número de personas que había y que faltaban, con la ubicación tomada del GPS, escrita como dirección o marcada con un pin sobre el mapa. Los cambios se guardaban en el teléfono cuando fallaba la cobertura y se enviaban solos al recuperarla.
Cada punto se confirmaba o se desmentía con un voto por dispositivo cada doce horas, y ambos recuentos quedaban a la vista de quien consultaba la ficha. Los puntos que pasaban cuarenta y ocho horas sin señales de vida se archivaban de forma automática, dejando constancia firmada en la bitácora.
Las entidades de respuesta recibían un código que marcaba con su nombre todo lo que publicaban, de manera que se distinguía de la información aportada por vecinos. La norma de moderación era pública y permitía pedir ayuda material y publicar contactos, sin admitir cuentas de dinero.
Los contadores de la cabecera separaban el total de puntos activos, los marcados como urgentes y los que necesitaban gente, mientras la lista se ordenaba por urgencia o por hora de la última actualización. El buscador aceptaba direcciones, nombres de barrio y necesidades concretas como cascos, agua o pañales.
Cada marcador llevaba el color de su estado, rojo cuando faltaban manos, azul cuando ya había gente suficiente y no convenía acudir, y verde cuando el punto estaba cubierto. El borde punteado señalaba que nadie lo había confirmado en más de seis horas, y el número escrito dentro del marcador contaba personas.
El botón rojo abría un formulario con el nombre del lugar, lo que hacía falta allí y el número de personas que había y que faltaban, y la ubicación se tomaba del GPS, se escribía como dirección o se marcaba con un pin sobre el mapa.
La aplicación seguía funcionando con señal intermitente, que es lo habitual en los días posteriores a un sismo, porque guardaba los cambios en el teléfono hasta que volvía la cobertura. El formulario advertía de la norma de moderación, que permitía pedir ayuda material y publicar contactos, sin admitir cuentas de dinero.
La ficha reunía el estado del punto, la hora de su última confirmación, el teléfono de quien coordinaba allí, las necesidades en forma de etiquetas que cualquiera podía añadir o quitar y las fotos subidas desde el lugar.
Los dos botones enfrentados permitían confirmar que la información seguía vigente o desmentirla, con un voto por dispositivo cada doce horas. Los contadores de personas se ajustaban con un toque y todos los cambios quedaban firmados y fechados en la bitácora del punto.
La guía ocupaba diez pantallas que avanzaban solas, con ilustraciones y subtítulos en español sencillo, se pausaba manteniendo el dedo sobre la pantalla y se compartía con un enlace, para que nadie tuviera que aprender la herramienta en mitad de la emergencia.
La pantalla más importante era la de los colores, porque el azul indicaba que en ese punto ya había gente suficiente y que convenía acudir a otro sitio, que fue la idea que más costó transmitir.
Una página abierta mostraba cuánta gente había conectada en cada momento, desde qué ciudades entraba y cómo evolucionaba la actividad hora a hora, sin necesidad de pedir acceso a nadie.
Los puntos se podían descargar en formatos abiertos para trabajarlos en otras herramientas, y esos mismos datos son los que permiten reconstruir aquí la respuesta día a día.
De los 1.077 puntos con coordenada dentro de Colombia, 621 caen en el área urbana de Cali, es decir el 58 por ciento. El Eje Cafetero reúne 193 y el resto del Valle 92, mientras que Chocó, la zona del epicentro, se queda en 7. Hubo municipios afectados que no llegaron a tener ningún punto publicado.
Un mapa abierto refleja a quien tiene cobertura y un teléfono con batería, de manera que la escasez de puntos en una zona dice tanto de las comunicaciones como de los daños. Conviene leerlo así en cualquier reutilización de estos datos, y conviene tenerlo en cuenta al montar una herramienta parecida, porque el sesgo se corrige buscando activamente a quien no aparece.
Mathias Carvajal, desarrollador en Cali, rehízo la cuenta sobre el mismo volcado agrupando los registros que parecen corresponder a un mismo lugar, con igual nombre a menos de un kilómetro, y obtuvo alrededor del 56 por ciento. La cifra se sostiene y la conclusión no cambia.
La actividad se concentró en seis días. Entre el 11 y el 16 de agosto se registraron 40.841 de los 41.759 movimientos, el 98 por ciento del total, con el máximo el día 12. A partir del 17 lo que quedó fueron 918 movimientos repartidos en dos semanas, y el archivo automático de las cuarenta y ocho horas fue retirando los puntos que ya nadie confirmaba, de 875 activos el 15 de agosto a 217 el día 18.
Esta línea de tiempo termina el 16 de agosto porque a partir de ahí no hay nada que contar. La aplicación siguió abierta hasta el 31, por si alguien la necesitaba, apagándose sola con la misma regla que la mantenía fiable durante la emergencia.