Mapa, lista y contadores en una sola vista.
Los contadores de la cabecera separaban el total de puntos activos, los marcados como urgentes y los que necesitaban gente, y la lista se ordenaba por urgencia o por hora de la última actualización. El buscador aceptaba direcciones, nombres de barrio y necesidades concretas.
Cada marcador llevaba el color de su estado, rojo cuando faltaban manos, azul cuando ya había gente suficiente y no convenía acudir, y verde cuando el punto estaba cubierto. El número escrito dentro del marcador contaba personas.
El alta de un punto, sin registro previo.
El formulario pedía el nombre del lugar, lo que hacía falta allí y el número de personas que había y que faltaban, con la ubicación tomada del GPS, escrita como dirección o marcada con un pin sobre el mapa, porque en una emergencia nadie está para gestionar contraseñas.
Los cambios se guardaban en el teléfono mientras faltaba cobertura y se enviaban solos al recuperarla. El formulario advertía de la norma de moderación, que permitía pedir ayuda material y publicar contactos, sin admitir cuentas de dinero.
Confirmación por presencia y bitácora firmada.
La ficha de cada punto llevaba dos botones enfrentados para confirmar que la información seguía vigente o para desmentirla, con un voto por dispositivo cada doce horas. Debajo quedaba la bitácora, donde cada cambio aparecía firmado y fechado, desde la corrección de una dirección hasta el aviso de que habían llegado veinte voluntarios.
Las fotos y los vídeos se publicaban al instante y se revisaban después, sin borrar nada y ocultando solo lo que incumplía la norma. Los puntos que nadie confirmaba en seis horas se apagaban en el mapa y los que pasaban cuarenta y ocho horas sin señales de vida se archivaban de forma automática, de manera que la información vieja no podía hacerse pasar por nueva.
Una guía de uso dentro de la propia aplicación.
La guía ocupaba diez pantallas que avanzaban solas, con ilustraciones y subtítulos en español sencillo, se pausaba manteniendo el dedo sobre la pantalla y se compartía con un enlace, para que nadie tuviera que aprender la herramienta en mitad de la emergencia.
El mantenimiento lo hizo quien estaba allí.
La gente publicó acopios, albergues, brigadas de escombros y puntos de comida caliente, corrigió direcciones, fusionó duplicados y avisó de los accesos que se cerraban. También marcó como cubiertos los puntos que se saturaban de voluntarios, que resultó ser la aportación más útil de todas porque evitaba desplazamientos donde ya no hacían falta manos.
Las entidades de respuesta activaban un código que marcaba con su nombre en verde todo lo que publicaban, distinguible a simple vista de la información aportada por vecinos.
Por qué queda documentado para una próxima vez.
Los listados de WhatsApp envejecen sin que nadie pueda corregirlos, de modo que al cabo de dos horas un acopio ya está cubierto o necesita otra cosa y quien sale a ayudar no tiene forma de saberlo. Un mapa editable por cualquiera, con la hora de cada confirmación a la vista y con caducidad automática, resuelve ese problema concreto con una infraestructura que cuesta céntimos al día. Esta experiencia queda documentada para que la próxima vez no haya que inventarla de nuevo.